La leyenda jienense de «Poya» Gorda el Hornero

Cuentan  los ancianos de Jaén que el barrio del Arrabalejo y cercano a la famosa cuesta de los Caños, había un horno común y se encargaba del mismo un tal Manuel, un mozo joven, corpulento, fornido y de buena presencia, con pies que pisaban un gato y no se le veía ni el rabo, con mejillas sonrosadas y de carácter jovial.

En aquel tiempo las familias amasaban la harina y hacían su propio pan en casa y después lo llevaban las mujeres para cocer al horno común del barrio.

A cambio, el hornero percibía dinero o una porción de la masa del pan a cocer, denominada “poya”, que era la masa que cabía en el cuenco de una mano.

Con varias poyas el hornero hacía su propio pan y lo vendía al público.

Manuel, lo que tenía de grande lo tenía de bonachón, por lo que muchas mujeres que iban con la masa al horno, algunas más pícaras que otras, abusaban de su inocencia y cada vez le entregaban la poya más pequeña.

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Un día Manuel, cansado de trabajar mucho y ganar poco, decidió poner remedio a esta situación y decidió que las poyas las cortaba él con su propia mano (y menudas manos tenía el mozo) y no cada mujer la suya.

Y así se lo hizo saber a todas las que llevaban masa de pan para cocer.— Desde hoy en adelante las poyas las cojo yo, con mi propia mano.

Las clientas, por cercanía del horno, aceptaron de mala gana.

Cuando las mujeres comentaron la decisión en casa, algunos maridos dijeron algo así como:— ¡Pues vaya poyas tan gordas que se va a llevar, con esas manos que tiene el hornero!

Desde entonces el horno de Manuel, fue conocido en todo Jaén, como en el que había que pagar las poyas más grandes o gordas, y a él como el hornero de la poya gorda o poya gorda el hornero de los Caños ya que era el lugar más próximo a su casas.

Pero aquí no quedó la cosa.

Cierto día en el que Manuel había vendido todo el pan que había hecho, llegó al horno una señora a comprar pan y él le dijo que no tenía nada, que lo había vendido todo.

La señora, ante la necesidad de llevar pan a su casa, preguntó por si le quedaba alguna masa sobrante y Manuel le contestó:— No tengo ni poyas.

La frase hizo gracia entre las personas presentes y se hizo popular, diciéndose cuando alguien negaba algo con rotundidad.

La expresión ‘ni pollas’ tan usada en Jaén renace sobre el siglo XVI, dando lugar a la coletilla «poya gorda el hornero» de la que han derivado otras como,»dejaos de poyas» «vayamos a poyas» «de Jaén ni poyas» utilizándose esta como respuesta a la pregunta de donde eres.

Podemos observar en el léxico callejero de Jaén, que la palabra poya (pollas), puede sonar en una conversación, repetidas veces sin que nos demos cuenta, resultando ser una palabra muy Jaenera, sin que suene a palabrota cuando se conoce su verdadero significado.

En la actualidad los Jienenses escriben la palabras poyas con «ll» como adaptación al castellano y utilizándola en su día a día como una palabra más de su vocabulario e idiosincrasia.

Texto de Pewete Bravo.