El ‘monstruo’ de Jaén, un crimen tan atroz que llegó hasta el Gobierno de España

El cura Julián Anguita, de Castillo de Locubín, cometió un cruento asesinato que se convirtió en el más sonado del país a principios del siglo XX

En su época fue el crimen más sonado de España, pero, a día de hoy, apenas quedan documentos que atestigüen lo que ocurrió.

El asesinato perpetrado por el sacerdote Julián Anguita García, natural de Castillo de Locubín (Jaén), se convirtió en un auténtico escándalo nacional a principios del siglo XX.

La crudeza del homicidio, su compleja investigación y el hecho de que su protagonista fuera miembro del clero, provocaron que lo sucedido ocupara las páginas de la prensa nacional durante meses. La relevancia del asunto fue tal que llegó incluso hasta Práxedes Mateo Sagasta, presidente del Consejo de Ministros de España por aquel entonces.

Para contar la historia del ‘monstruo de Locubín’, como lo bautizó la prensa del momento, hay que retroceder hasta 1898, año en el que España perdió Cuba y Filipinas. Tal y como narra el criminólogo Luis Miguel Sánchez Tostado en su novela ‘Más allá de la mirada’, que recrea este mediático caso, fue el 11 de octubre de 1898 cuando se cometió el citado crimen. El cuerpo sin vida de Antonio Anguita Hidalgo, padre del cura Julián, fue encontrado en el Cortijo Pedernales, en Moclín (Granada).

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El cadáver presentaba una puñalada en el pecho, un disparo en el ojo y tenía la cara completamente destrozada. Tal era el grado de salvajismo con el que se habían empleado sobre el fallecido que fue imposible su identificación. No sería hasta meses más tarde cuando se descubriría quién era el finado. Entonces comenzó una investigación que acabó incriminando a su entorno más cercano.

Durante los meses transcurridos entre el asesinato y la identificación del cadáver, el cura Julián Anguita se encargó de encubrir lo ocurrido. Falsificando distintos documentos hizo creer al pueblo de Castillo de Locubín que su padre había fallecido de muerte natural en Málaga. La realidad, no obstante, fue bien distinta.

Se trató de un brutal asesinato en el que estuvieron implicados la mujer del fallecido, su cuñado y su hijo, el sacerdote que fue el auténtico autor material de los hechos. Así lo relata el número titulado ‘El monstruo de Locubín’ de ‘La novela vivida’, una gaceta de crímenes bastante popular durante los primeros años del siglo XX.

Un conflicto de tierras

Como muchos de los asesinatos de la época, el crimen del ‘monstruo de Locubín’ tuvo su origen en una pelea familiar derivada de un conflicto de tierras. De hecho, el día en el que Antonio fue asesinado se dirigía a Granada para firmar un acuerdo por el que iba a ceder un terreno al alcalde de Castillo de Locubín.

Nunca llegó a firmar el trato porque nunca llegó a Granada. Fue asaltado a medio camino, en Moclín, donde lo asesinaron. Según relata Sánchez Tostado en su obra, el acuerdo por las tierras pudo ser el móvil que justificara el crimen.

Al parecer la familia del fallecido no veía con buenos ojos la transacción, por lo que urdió el asesinato. En principio la idea era envenenar a Antonio, pero al no lograr quitarle la vida por ese método tuvieron que recurrir a una vía más cruenta.

Falsificando distintos documentos, el sacerdote hizo creer al pueblo de Castillo de Locubín que su padre había fallecido de muerte natural en Málaga

De acuerdo con el mediático juicio celebrado meses después, en junio de 1900, fue el propio sacerdote el que interceptó y atacó a su padre en Moclín, antes de que llegara a Granada. En primer lugar, le apuñaló en el corazón. Posteriormente, le destrozó la cara a golpes con un palo y varias piedras.

Finalmente, le disparó en el ojo izquierdo, con el fin de que nadie pudiera identificar el cuerpo como el de Antonio Anguita, quien tenía un defecto físico característico en esta parte del cuerpo.

Un crimen que llegó hasta Sagasta

En el citado juicio, el cura Julián, su madre y su tío fueron condenados a muerte por el asesinato de Antonio Anguita Hidalgo. Aunque el artífice fue el sacerdote, el jurado consideró que los otros dos familiares también participaron del crimen. La madre, esposa del fallecido, falleció en prisión aquel verano de 1900 sin llegar a ser ejecutada.

Sucesivas apelaciones fueron retrasando la muerte de Julián Anguita y su tío hasta llegar julio de 1901. Durante todos esos meses, la prensa local y nacional continúo llenando las páginas con los detalles de un crimen que hizo correr ríos de tinta.

El motivo del retraso en la ejecución nacía de la pertenencia de Julián Anguita a la Iglesia. Por aquel entonces, aunque la pena de muerte se aplicaba para casi todos los crímenes de sangre, estaba muy mal visto ejecutar a un ‘hombre de Dios’. De hecho, debía ser desposeído de su condición de sacerdote antes de ser ajusticiado.

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«Así como el cura del Castillo de Locubín creía que por ser sacerdote no iría al patíbulo, el hombre, en general, cree vagamente que por ser hombre tiene derecho de vida y muerte sobre la mujer» EMILIA PARDO BAZÁN EN ‘LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA’

Si ya de por sí era complejo ejecutar a un miembro del clero, a la problemática se sumó el conflicto que el Gobierno mantenía con la Iglesia en aquellos años. El Consejo de Ministros, presidido por Práxedes Mateo Sagasta, tenía una delicada relación con la Iglesia, a la que había ido apartando progresivamente de los altos cargos políticos.

Por ello, las apelaciones a la condena de pena de muerte sobre el sacerdote Julián Anguita tomaron mayor fuerza. Se llegó a decir que la condena fue consultada con el propio Sagasta y que incluso la reina María Cristina intervino en conversaciones sobre la misma.

Finalmente, aunque algunos miembros de la Iglesia esperaban que el Gobierno evitara la pena de muerte, el cura Anguita y su tío fueron ejecutados por garrote vil en julio de 1901. Terminó así la vida del ‘monstruo de Locubín’, cuyo crimen pasó de ser el más comentado de su época a caer en el olvido.

Los documentos oficiales que atestiguaban lo sucedido fueron desapareciendo con el paso de los años. Hay quien apunta que fueron eliminados bajo ciertos intereses eclesiásticos. Sea como fuere, a día de hoy solamente queda el recuerdo de aquel macabro suceso en algunos recortes de prensa de la época. Son las últimas gotas de aquellos caudalosos ríos de tinta que fluyeron con fuerza a principios del pasado siglo.

La trascendencia del crimen del cura de Castillo de Locubín llegó a tal punto que hasta la escritora Emilia Pardo Bazán, en su defensa del feminismo y denuncia contra los asesinatos de mujeres, refirió los sucesos ocurridos en la revista ‘La Ilustración artística’:

«El mujercidio siempre debiera reprobarse más que el homicidio. ¿No son los hombres nuestros amos, nuestros protectores, los fuertes los poderosos? El abuso de poder, ¿no es circunstancia agravante?. Cuando matan, a mansalva, a la mujer, ¿no debería exigírseles más estrecha cuenta? Y sin embargo, los anales de la criminalidad abundan en mujercidios, impunes muchas veces, por razones especiosas, mejor dicho, por sofismas que sirven para alentar al crimen.

Así como el cura del Castillo de Locubín creía que por ser sacerdote no iría al patíbulo, el hombre, en general, cree vagamente que por ser hombre tiene derecho de vida y muerte sobre la mujer. Los resultados de esta creencia los vemos diariamente. ¿Hasta cuándo durará esta racha de pasión tan últil para los cuchilleros y los armeros que venden revólveres baratos?»

El Contenido original lo encuentras aquí: https://www.ideal.es/jaen/provincia-jaen/olvidado-crimen-monstruo-jaen-gobierno-espana-20201115170816-nt.html.